La Guajira: un desierto de basura

La Guajira: un desierto de basura

Este departamento es una verdadera paradoja. Contrasta la belleza y la magia de lugares como el Cabo de la Vela con los kilómetros de basura que rodean a Maicao y a Uribia. Semana Sostenible visitó la región y vio cómo la abruman toneladas de plástico y desechos orgánicos que podrían desatar una emergencia sanitaria y ambiental.

 La Guajira es el segundo departamento más pobre de Colombia. Sin embargo, en 2018 recibió 313 mil millones de pesos por regalías, solo de carbón. Y según un estudio del Centro de Pensamiento Guajira 360, percibe una buena partida del total nacional, pero ocupa los primeros lugares de baja ejecución; es decir, no plantean proyectos. En el periodo de 2012 a 2016, al departamento le asignaron 1,05 billones de pesos, y solo usó el 53%.

La corrupción ronda este territorio. En los últimos ocho años ha tenido 12 gobernadores. Todos están siendo investigados o han sido condenados, y de los candidatos actuales para ocupar el cargo, tienen algún cuestionamiento. Es también uno de los departamentos con más migrantes venezolanos, lo que ha generado una expansión urbana desordenada y un recrudecimiento de problemáticas sociales.

Con este contexto llegamos a Maicao. La vitrina comercial de Colombia. La ciudad a la que muchos se refieren como “cuando Maicao era Maicao” para hablar de su pujanza económica, de los “fajos” de billetes que rodaban por las casas de cambio y los cientos de locales en filas interminables uno tras otro. Parte de este dinero provenía del contrabando de bebidas alcohólicas, electrodomésticos y comida… Todo se encontraba allí: las mejores marcas y a los mejores precios. Pero, desde “cuando Maicao era Maicao” la basura también inundaba sus calles.

Esto pasó en los años ochenta y parte de los noventa. Entonces, la Corte Suprema de Justicia hizo un primer llamado sobre el peligro que corría La Guajira ante la posibilidad de convertirse en un basurero de desechos tóxicos. En ese momento se temía que Colombia diera vía libre a la importación de residuos y que a este departamento llegaran anualmente 300 mil toneladas de basura tóxica.

Aunque la propuesta no prosperó, tampoco hubo que traer basura de otras partes para cumplir los temores. Los guajiros y sus visitantes se han encargado de convertir su desierto, tal vez, en el botadero a cielo abierto más grande del país.

Maicao, en particular, ha crecido desordenadamente. Según un informe de la Corporación Autónoma Regional de La Guajira, Corpoguajira, el Plan de Ordenamiento Territorial de la ciudad está vencido. El más reciente proviene de 2014 y ya hablaba de un crecimiento de 40% en el casco urbano. Esta cifra seguramente quedó corta ante la cantidad de barrios subnormales que se levantan en la periferia, poblados por wayúu y venezolanos que dejaron sus lugares de origen y se asentaron en zonas hasta donde no llegan los servicios públicos domiciliarios.

Villa Usy es uno de ellos. Forma parte de la comuna tres. El 70% de su población es wayúu, lo que, según José Luis Amaya, presidente de la junta de acción comunal del barrio, hace más compleja la situación. En efecto, culturalmente tienen una forma distinta de resolver sus problemas. Uno de ellos, la basura.

El barrio está rodeado de plástico y desechos orgánicos. En kilómetros y kilómetros, hombres, mujeres, niños y animales conviven con malos olores, mosquitos, zancudos y otras plagas. “Habíamos hecho un compromiso para habilitar dos puntos para recoger los residuos a dos cuadras de aquí, pero la gente sigue tirando todo a este espacio, justo enfrente de las casas, la escuela y el colegio. Ahí hay de todo, hasta hacen sus deposiciones en bolsas y las tiran aquí, porque tampoco tenemos pozos sépticos ni letrinas”, dijo Amaya.

Lo que pasa en Villa Usy retrata vivamente toda la periferia de Maicao. Los barrios Hary Fuminaya y Luisa Pérez también han sido olvidados por los gobiernos maicaeros. Están al noreste de la comuna cuatro. Y como si no tener servicios públicos domiciliarios fuera poco, los rodea un arroyo que cada vez que llueve se desborda y los inunda de inmundicias, pues es agua estancada cubierta de todo tipo de basura.

La comunidad ha hecho puentes improvisados para atravesarlo, pero es una fuente de contaminación y enfermedades como dengue, diarrea y alergias en la piel. Además, en el centro del barrio hay una estación de bombeo de aguas residuales operado por Aguas de la Península. Cuando se va la luz (a veces hasta tres veces al día), el líquido se desborda y el hedor es insoportable.

En este territorio de contrastes, donde la basura se perfila como una nueva fuente de conflicto y corrupción, pocos buscan reciclar, reutilizar y reflexionar sobre sus modos de vida.

Fuente: https://sostenibilidad.semana.com